LA NIÑA QUE VENDIÓ EL SOL.
Laura era una joven de cabellos largos y risueña. Estaba en esa edad en la que las preocupaciones todavía no han llegado a hacerse patentes en la vida cotidiana, y su belleza era tal que cuando las nubes pasaban por su calle se detenían a mirarla, y la luna siempre iluminaba primero su casa a sabiendas de que una gran belleza merece un buen espejo.
Era costumbre en su aldea que en la adolescencia, cada niña fuese dueña del sol al menos durante una quincena para ser consciente así de las cosas importantes de la vida. El sol nos calienta, hace que las plantas vivan, que los árboles crezcan altos y mirando hacia el cielo, ilumina nuestro camino, permite que distingamos las cosas buenas de las malas, y hace que los hombres sonrían a diferencia de los días nublados en que todos andan tristes y cabizbajos.
Ella no le daba mayor importancia al hecho en sí de tener en su poder al astro rey, y un día que salió a pasear lo dejó encerrado en su habitación. Al salir de la casa no supo dónde dirigirse, confundía la derecha con la izquierda, no podía andar un paso sin tropezarse con alguien, y por la calle se oían lamentos y gritos de la gente al chocar contra los muros y los objetos que cada uno encontraba a su paso.
Rápidamente Laura volvió a casa y enmendó su error, dejó salir al sol, casi lo lanzó por la ventana, y al salir de nuevo a la calle encontró un paisaje poco agradable, gente con brazos rotos, rostros ensangrentados por las heridas producidas, y algún que otro atropellado bajo las ruedas del carro del lechero o del leñador que pasaban por allí.
Una vecina suya, que había visto lo ocurrido, pensó que podría aprovecharse de la situación y decidió ofrecerle a Laura dos pañuelos de seda y una falda bordada con hilo dorado a cambio del sol. De todos modos a ella lo único que le preocupaba era su belleza, y tener que ocuparse cada día del sol le suponía un estorbo y no le reportaba nada positivo. Así que aceptó de buen grado.
Cambió el sol por las vestimentas. Al día siguiente tras decidir frente al espejo cuál de los dos pañuelos combinaba mejor con su falda, atusarse el cabello, y mirarse cien veces al espejo, salió nuevamente a la calle.
Se encontró con una situación peor a la del día anterior. La penumbra era total, las voces eran ahora un lamento permanente, y fue incapaz de dar dos pasos antes de caerse rodando cuesta abajo.
La vecina se había ido de la ciudad llevándose consigo el bien más preciado de todos los habitantes de la aldea.
Nunca más ninguna joven pudo aprender la responsabilidad de ocuparse del bienestar de toda la comunidad, pero lo peor es que nunca nadie más en la aldea iba a volver a ver el sol.
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PostData: Sé que tú siempre te ocuparás del bienestar de los tuyos, pero ojalá puedas ver el sol todos los días de tu vida.
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Gracias por dejarme publicarlo.
3 comentarios:
"Vanidad, con las alas doradas. Hoy pensaba reir y me pongo a llorar".
Alguna vez escuche por ahí... creo que en ena película, que es el peor de los pecados capitales. Porque suele disfrazarse de muchas formas, hasta la más humilde... pero en el fondo siempre está allí agazapada.
Laura trajo la desgracia a las gentes de su aldea. Acaso hay peor mal que estar condenado a la perpetua penumbra. No ver el color del cielo, ni sus atardeceres rojos, ni las flores, ni el verdor de los pastos y los árboles, el mar... en fin la vida.
Dios, me salió largo el comentario, sorry.
Un abrazo
Nadie puede llevarse el sol eternamente.
Solo que hay muchas nubes que lo tapan, pero siempre acaba apareciendo de nuevo, con cada giro del planeta, con cada suspiro.
No nos gusta la oscuridad ni los días de lluvia, pero todos los días son necesarios para conocernos, para valorar lo que tenemos o a lo que renunciamos.
Y ya sabes que hay gente que al salir a la calle, al sonreir, devuelven la luz al resto de los mortales.
Y una de esas personas eres tú. no lo olvides, solo deja pasar la tormenta.
lindo, muy lindo
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