25 de abril de 2007





LA METAMORFOSIS

(Por D.A.C.)

Conocí a un hombre en cuyo interior había dos seres maravillosos, antagónicos pero indisolubles, complementarios pero incompatibles, ambos coexistían pero se asfixiaban el uno al otro.

Hubo un tiempo en que las dos dualidades eran como gotas de agua, hasta el punto de que mirar a una y a otra era como ver a la misma persona en dos etapas de su vida. Pero en los últimos meses, parecía haberse vuelto un hombre distinto, y el cambio se había acentuado a partir del invierno.

Había perdido la incertidumbre de los pasos, sus ojos indefinidos habían adquirido vida propia y nadaba en su fondo una gama de ámbar que nunca hasta entonces habían tenido.

El color del pelo tampoco era el mismo que cuando le conocí. El talle se le había ido refinando con el paso de los meses parecía ahora más esbelto que nunca.
Había variado el repertorio de sus gestos, y flotaba en sus silencios una sombra de misterio que se orientaba sobre él y subsistía como parte de su aura.

Yo, que tengo el hábito de imaginarme a las personas tal y como van a ser cuando pase el tiempo, adivino en él al hombre espléndido en que va a convertirse algún día, cuando las líneas de su cuerpo se hayan afianzado definitivamente y su aire ausente acabe por situarle por encima del cosmos.

Él piensa que todo ha sido por haber conocido al amor de su vida, el mismo que le hace temblar con solo verle, el mismo por el que ha llorado, por quién ha sufrido sin poder imaginar que un día llegará a vivir bajo el mismo techo que él escuchando de sus labios bellas palabras de amor, disfrutando de sentimientos por él desconocidos, y recibiendo miles de caricias y abrazos.

Pero no se da cuenta de que ese hombre surgido de sus entrañas ya estaba ahí antes de conocerle, nació con él, creció con él, solo que lo acalló durante años pensando que el importante era el otro, el hombre fuerte que todo puede resolver y que no necesita ayuda, el compañero fiel hasta la muerte capaz de aguantar infelicidades, sinsabores a cambio de que la gente no murmure, no se fije en que es especial.

Ahora este nuevo ser deja que le cuiden, le mimen, le acompañen a su lado. Accede a que se comparta su dolor, sus alegrías, sus esperanzas. Es capaz de entregarse a cambio de nada. Y ante todo ha comprendido su misión, alcanzar la felicidad, la suya y la de los que le rodean.

3 comentarios:

Rosa dijo...

Amigo mío... a mí no me cabe la menor duda que el sentirse amado hace surgir en tí ese otro ser que vive en nosotros. Todo lo bueno, lo mejor... brota como flores en primavera. Sorry, pero ahí voy de nuevo con Silvio Rodriguéz y un trocito de canción:
"Debes amar
la arcilla que hacen tus manos,
debes amar su arena
hasta la locura,
y si no,
no lo emprendas
que será en vano.
Solo el amor engendra
la maravilla,
solo el amor
convierte en milagro el barro.

Debes amar
el tiempo de los intentos,
debes amar
la hora que nunca brilla.
Y si no,
no pretendas tocar lo cierto.
Solo el amor
engendra la maravilla,
solo el amor
consigue encender lo muerto"

Rosa dijo...

Que me enredado un poco al principio, pero yo sé que me entiendes.

hermes dijo...

A veces necesitamos que un hada nos toque con su varita mágica para despertarnos a la vida, para poder mirar con ojos nuevos, para abrir nuestro corazón y permitir que el amor lo inunde todo